Mucha suerte Amaya

Son días tristes para la investigación en España. Hace unas semanas supimos que nuestra compañera investigadora y astrofísica Amaya Moro tenía que hacer las maletas de nuevo y marcharse a otro país para poder ejercer su profesión. No es la primera. No será la última. Es, simple y llanamente, una investigadora más de primer nivel internacional a la que se le ha obligado a marcharse fuera de España para realizar ciencia puntera. Sin embargo, su caso particular nos sirve para ilustrar lo que está ocurriendo en este país. Os contaré un poco su historia…

Amaya Moro se licenció en Ciencias Físicas en la Universidad Complutense de Madrid y obtuvo su Máster en Astrofísica en la Universidad de Arizona (Estados Unidos), donde también realizó su doctorado. Posteriormente obtuvo una beca postdoctoral en el presitigioso Instituto Max Planck en Heidelberg (Alemania). Más tarde, obtuvo una importante plaza en la Universidad de Princeton. Hasta aquí, la carrera científica de Amaya había sido brillante con muchos artículos públicados en revistas científicas y, lo que es aún más importante, con gran prestigio internacional en su campo. Y entonces, después de trabajar en diferentes partes del mundo buscando financiación para poder realizar su ciencia, se encontró con la posibilidad de volver a España con el programa Ramón y Cajal. Le concedieron dicho contrato en 2008 con una duración de 4-5 años y con la promesa explícita en la convocatoria de sacar una plaza con su perfil al término de la beca. Y ese momento llegó. Y esa plaza no llegó.

Ahora, como muchas otras veces, toca que Amaya haga las maletas y se marche de este país. Pero no lo hará sola. Su marcha obliga también a su familia (incluido un bebé de poco tiempo) a mudarse de un país que nunca les ha tratado como merecían. Y ya parece un poco cruel que los órganos “competentes” (en el sentido de encargado y no de capaz), no valoren como se debería a las personas que podrían aportar conocimiento a la sociedad. ¡Ah! Y por cierto, ¿sabéis dónde ha encontrado trabajo Amaya? Sí, en la NASA. Hemos dejado escapar a alguien que ha contratado la NASA. Llamadlo como queráis. A mí, particularmente, me parece ridículo y me da vergüenza como ciudadano de este país.

Este tipo de hechos, para una persona como yo, que está comenzando su carrera investigadora, le hacen a uno plantearse muchas dudas. ¿Será que realmente no servimos para nada? ¿Será la ciencia (mal llamada básica) un simple divertimento para algunos de nosotros apasionados por ella? ¿Seré útil para la sociedad? En definitiva, como en los relatos de Los archivos de los viudos negros (escritos por Isaac Asimov), uno se plantea, como científico, cómo justificar su existencia. Sin embargo, al margen de la respuesta a esta pregunta que cada uno tenga de sí mismo, cabe hacerse otra más global y profunda: ¿Qué modelo de sociedad queremos? ¿En qué queremos basar el futuro de las generaciones venideras? ¿Preferimos vivir bien nuestra vida y que se apañen los que vengan después? ¿O por el contrario preferimos conjugar una calidad de vida decente aunque moderada ahora (sin cochazos en la puerta de casa ni un apartamento en cada playa de la Costa del Sol) con una actividad intelectual activa invirtiendo en mejorar nuestras condiciones de vida, nuestra salud, nuestra educación, nuestras pensiones, nuestra ciencia…? ¿De verdad queremos permitir que las mayores empresas tributen en paraísos fiscales o que paguen menos impuestos que un simple trabajador de a pie? ¿A cambio de qué? ¿De poder tener en nuestro equipo a Cristiano Ronaldo o Messi?

¿De verdad es tan difícil escoger entre tener un Mercedes o que tu hijo pueda ir a una escuela pública de la máxima calidad? ¿Es tan difícil escoger entre invertir en armamento militar e invertir en la investigación contra el cáncer? Puede que todas estas preguntas retóricas y a priori sencillas de responder no lo sean tanto cuando eres el encargado de tomar las decisiones. Entiendo que habrá presiones por parte de las multinacionales para invertir en sectores que no se deberían priorizar frente a otros. Sin embargo, para eso deberían estar los políticos de turno. Para soportar esas presiones y denunciarlas. Pero, “¿por qué hacerlo si yo también me voy a beneficiar?” – deben pensar la mayoría de ellos.

En fin. Un país sin ciencia es un país moribundo. Y el nuestro está en fase terminal. Los mejores científicos e ingenieros huyen despavoridos de este país que ni les valora ni comprende lo importantes que son para una sociedad desarrollada. Hoy es Amaya (y muchos otros compañeros) pero mañana será otro científico más fuera del sistema. Y así hasta que decidamos revelarnos y reclamar nuestro derecho al conocimiento.

Mucha suerte Amaya.

jlillo

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5 respuestas a Mucha suerte Amaya

  1. Julia dijo:

    http://politikon.es/2011/12/24/la-formacion-de-los-trece-ministros-y-sus-muchos-rasgos-comunes/

    Aquí se ve bien claro que la ciencia no forma parte de España porque, ya de primeras, no forma parte de la vida de los ministros. Salvo un industrial y un médico en puestos que nada tienen que ver con sus carreras los demás dejaron de estudiar ciencia como tal a los 16 años….y todos sabemos que tras 40 años se han olvidado hasta de la fórmula química del agua. Con un gobierno plagado de letrosos no hay conciencia de que la ciencia es necesaria.

    • r dijo:

      Yo soy ‘letrosa’, pero apoyo la ciencia como la que más. Las letras son cultura, y arte, y tampoco parecen tener cabida aquí. Así que por favor, no dejemos que estos políticos que tenemos sigan haciendo bueno aquello de ‘divide y vencerás’, porque creo que ese es uno de los mayores obstáculos que tiene esta sociedad para avanzar, la fragmentación. Un saludo a todos los científicos y mucho ánimo para que sigan cambiando nuestras vidas a mejor (si los dejan).

    • Isabel dijo:

      Sin acritud pero totalmente en contra de tu comentario, Julia. Si fueran “letrosos” al menos sabrían de algo y les interesaría la cultura. Pero resulta que son más bien todos o “hijos de” o en su defecto, los típicos que sacaban muy buenas notas en su carrera de derecho porque se aprendían todo de memoria, y como hablaban muy bien en las asambleas de estudiantes, los captaron las nuevas generaciones del partido de turno antes de haber pasado por el mundo real.

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